Ella levantó la mirada.
—Muchísimo.
—Entonces, ¿cómo puedes seguir tan tranquila?
Mi madre sonrió tristemente.
—Porque el miedo no desaparece cuando te alejas de alguien que amas.
Se quedó mirando sus rosas.
—Solamente te quedas con el miedo y sin la persona.
Sus palabras me acompañaron durante mucho tiempo.
Hubo una noche especialmente difícil.
Lucía había pasado un día agotador.
Los médicos estaban vigilando de cerca su evolución.
Roberto estaba sentado junto a la cama.
Mi madre sostenía una taza de café que ya se había enfriado.
Camila y yo habíamos llegado después de la escuela.
Lucía apenas tenía fuerzas para hablar.
Pero cuando vio el libro, extendió una mano.
—Abuelito…
Roberto se inclinó.
—Aquí estoy, princesa.
—¿Me lees?
Él tragó saliva.
—Claro que sí.
Abrió el libro.
Comenzó con la frase de siempre.
—Hasta la luz más pequeña…