No era una aventura secreta.
Era una promesa.
Una promesa hecha a una niña de seis años que había perdido a su mamá y que ahora luchaba contra una enfermedad terrible.
Cuando todo a su alrededor cambiaba, había algo que Lucía podía esperar con seguridad.
Su abuelo llegaría.
Abriría el libro.
Haría las voces de los personajes.
Y permanecería allí hasta que ella pudiera cerrar los ojos sin miedo.
Cuando Lucía finalmente se durmió, salimos al pasillo.
Roberto se apoyó contra la pared.
Parecía agotado.
Mi madre se acercó.
—¿Por qué no me lo dijiste antes?
Él bajó la cabeza.
—Tenía miedo de perderte.
Mi madre le acarició la mejilla.
—Roberto, yo no puedo prometerte que todo saldrá bien.
Él asintió.
—Lo sé.
—Pero sí puedo prometerte que no vas a pasar por esto solo.
Roberto comenzó a llorar.