A las ocho y cuarto, Roberto sacó el libro del maletín.
La niña extendió las manos.
—¡El del dragón!
Él se sentó a su lado.
Abrió la primera página.
La portada estaba gastada.
Algunas hojas tenían pequeños dobleces.
Lucía se acomodó entre las almohadas.
Nosotros nos sentamos alrededor.
Y entonces Roberto comenzó a leer.
Su voz era tranquila.
Cálida.
Conocía cada palabra.
En la primera página había una frase que Lucía repetía siempre con él:
—Hasta la luz más pequeña puede mostrarte el camino de regreso a casa.
La niña la pronunció al mismo tiempo.
Mi madre tomó la mano de Roberto.
Él levantó la mirada.
Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
Pero siguió leyendo.
Aquella noche entendí por qué Roberto nunca se quedaba después de las siete y media.
No era una costumbre extraña.