Yo me levanté inmediatamente.
—Nosotras también vamos.
Camila asintió.
—Sí, abuelita.
Mi tía Rosa tomó su bolsa.
—Pues claro que vamos todos.
Roberto nos miró como si no pudiera comprender lo que estaba ocurriendo.
—Pero ustedes no conocen a Lucía.
Camila se acercó.
—Entonces ya es hora de conocerla.
Él comenzó a llorar nuevamente.
Mi madre lo abrazó.
Y por primera vez entendí algo que antes no había querido ver.
Aquel hombre no estaba huyendo de nuestra familia.
Estaba corriendo cada noche hacia la única persona que no podía darse el lujo de perderlo.
Llegamos al hospital poco después de las ocho.
Roberto había avisado que se retrasaría unos minutos.
Una enfermera lo reconoció inmediatamente.
—Don Roberto, Lucía ya preguntó por usted.
Él apretó el maletín.
—Lo sé, señorita. Perdón por llegar tarde.
La enfermera observó a nuestro grupo.