Miró a mi madre.
—Nunca, abuelita. Ni una sola noche.
El silencio cayó sobre la cocina.
El pay de chocolate seguía intacto.
Las velas de cumpleaños estaban apagadas.
Y mi madre sostenía una fotografía que parecía haber cambiado todo lo que creíamos saber sobre Roberto.
—Pero ¿por qué no nos lo contó? —susurró.
Camila bajó la mirada.
—Hay algo más.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué cosa?
Mi hija tardó varios segundos en responder.
—Lucía está muy enferma.
Se cubrió la boca.
—Y Roberto es su abuelito.
Mi madre cerró los ojos.
Después se sentó lentamente.
Mi tía Rosa comenzó a llorar.
Yo miré nuevamente el libro.
El gorrito.
Los dibujos.
La pulsera del hospital.
Durante seis meses habíamos imaginado una traición.
Y lo que aquel hombre escondía era una niña enferma que lo esperaba cada noche.