La tomé por los hombros.
—Camila, necesito saber si estás bien.
Asintió rápidamente.
—Estoy bien, mamá. No me pasó nada.
Respiró profundamente.
—Pero tienen que ver esto.
Abrió el maletín.
Y todos nos quedamos en silencio.
No había fotografías de otra mujer.
Ni cartas románticas.
Ni recibos de hoteles.
Ni un segundo teléfono.
Había un libro infantil.
Era pequeño, de pasta azul.
Las esquinas estaban desgastadas.
Algunas páginas tenían marcas de dedos.
Se notaba que alguien lo había leído cientos de veces.
Debajo encontramos varios dibujos hechos con crayones.
Uno mostraba una casa amarilla.
Otro, un árbol enorme.
Y en el tercero aparecía un hombre de cabello gris tomado de la mano de una niña.
Sobre el dibujo había una palabra escrita con letras grandes y torcidas.
«ABUELITO».
Mi madre tomó el papel.
Sus manos comenzaron a temblar.