—Casi.
Camila se sentó a la mesa.
Mauricio apareció con las tazas de café.
Y nuestra mañana continuó como cualquier otra.
Sin grandes discursos.
Sin lágrimas interminables.
Sin promesas imposibles.
Sólo una familia desayunando junta.
Pero para mí aquel momento significó más que cualquier presentación de ballet.
Porque mi hija había regresado a nosotros.
No como la bailarina que habíamos imaginado.
No como una joven obligada a demostrar que podía cumplir todos sus sueños.
Sino como ella misma.
Una muchacha que todavía tenía preguntas sobre su futuro.
Que seguía necesitando atención médica.
Que quizá algún día volvería a bailar de otra manera.
O quizá descubriría un camino completamente diferente.
Y que finalmente sabía algo que debimos haberle enseñado mucho antes.
Que ninguna enfermedad podía convertirla en una decepción.