Era domingo por la mañana.
Mauricio estaba preparando café.
Yo hacía el desayuno.
Y Julián llegaría más tarde para comer con nosotros.
Camila bajó las escaleras.
Llevaba una sudadera cómoda.
El cabello recogido.
Y una expresión tranquila.
Entró a la cocina.
Se detuvo junto a la mesa.
Y comenzó a tararear una melodía.
Yo seguía preparando los huevos cuando la vi levantar suavemente un brazo.
Después acomodó los pies.
Hizo un movimiento pequeño, lento y cuidadoso, dentro de lo que sus médicos le habían permitido.
No era una combinación exigente.
No era uno de aquellos giros rápidos que practicaba antes.
Era apenas un gesto de danza.
Pero me quedé inmóvil.
Hacía meses que no la veía moverse así en nuestra cocina.
Camila levantó una pierna ligeramente.
Después comenzó a girar con suavidad.