Nunca volveríamos a descartar las preocupaciones de nuestra hija como simples cambios de humor.
Y tampoco permitiríamos que nuestros temores sustituyeran las preguntas que debíamos hacer.
Si algo nos preocupaba, hablaríamos.
Escucharíamos.
Buscaríamos información.
Y pediríamos ayuda cuando fuera necesario.
Porque comprendimos que durante casi un mes habíamos vivido bajo el mismo techo que una muchacha aterrorizada.
Una niña que pensaba que podía decepcionarnos por estar enferma.
Una adolescente que creía que debía cargar sola con la posibilidad de perder su sueño.
Y nosotros no habíamos sabido verlo.
No porque no la amáramos.
Sino porque habíamos confundido su felicidad con sus logros.
Cada vez que hablábamos de su beca, sonreíamos.
Cada vez que mencionábamos sus futuras presentaciones, nos emocionábamos.
Y sin darnos cuenta habíamos permitido que Camila creyera que nuestro orgullo dependía de verla triunfar.