Después tres.
Más adelante empezó a participar en presentaciones.
Ahorraba el dinero que recibía en sus cumpleaños para comprar zapatillas.
Veía grabaciones de bailarinas profesionales.
Y pasaba horas practicando frente al espejo de su habitación.
Cuando cumplió quince años nos dijo que quería dedicarse profesionalmente a la danza.
Mauricio y yo sabíamos que sería un camino difícil.
No teníamos una fortuna.
Yo trabajaba como administradora en una clínica.
Mi esposo era supervisor de obras.
Y entre la hipoteca, los gastos de la casa y la escuela de Camila, casi nunca nos sobraba demasiado dinero.
Pero verla bailar nos hacía comprender cuánto significaba aquel sueño para ella.
Así que decidimos apoyarla.
El otoño pasado ocurrió algo maravilloso.
Camila presentó una audición para ingresar a un programa avanzado de ballet en una reconocida academia de San Miguel de Allende.