Escuchaba música.
Y dibujaba las posiciones que imaginaba.
Después ayudaba a la maestra Elena a adaptar las secuencias para las alumnas.
Descubrió que podía participar en la danza de una manera que nunca había considerado.
No reemplazaba por completo lo que había perdido.
Pero le permitía construir algo nuevo.
Un día regresó a casa emocionada.
Dejó su mochila sobre la mesa.
—¡Mamá!
Me asomé desde la cocina.
—¿Qué pasó?
—¡Una de mis niñas logró hacer su primera vuelta completa!
Sonreí.
—¿En serio?
Camila comenzó a contarme todos los detalles.
Cómo había estado practicando.
Cómo se había frustrado.
Y cómo finalmente consiguió terminar el movimiento sin perder el equilibrio.
Mi hija hablaba con los ojos brillantes.
Movía las manos.
Sonreía.
Y por un momento volvió a parecer la niña que llegaba de sus clases y no podía esperar para contarme todo.