Y las decisiones sobre su atención debían tomarse con los especialistas y con nuestra participación.
También aprendimos a escuchar mejor a nuestra hija.
Porque el problema no era únicamente que hubiera guardado un secreto.
Era que había creído que decirnos la verdad podía destruir la felicidad de nuestra familia.
Y eso necesitaba cambiar.
Los meses siguientes fueron diferentes.
Camila comenzó a recibir seguimiento con un equipo especializado en cardiología.
Los médicos identificaron el tipo de arritmia y establecieron un plan de tratamiento y vigilancia.
Hubo consultas.
Estudios.
Ajustes.
Y muchas conversaciones sobre qué actividades podía realizar con seguridad.
No todas las respuestas llegaron inmediatamente.
La posibilidad de regresar al ballet avanzado seguía siendo incierta.
Dependía de su evolución y de lo que los especialistas consideraran seguro.
Al principio aquella incertidumbre la desesperaba.
—¿Y si nunca puedo volver a bailar como antes? —me preguntaba.