—Pero nuestra felicidad nunca dependió de que fueras bailarina.
Camila comenzó a llorar más fuerte.
—Mamá…
—Si mañana decides que quieres estudiar medicina, te vamos a apoyar. Si quieres pintar, enseñar, escribir o dedicarte a cualquier otra cosa, también.
Le acaricié el rostro.
—Y si no sabes todavía qué quieres hacer, no pasa nada.
Me acerqué un poco más.
—Lo único que necesitamos es que estés aquí. Que estés bien. Que nos permitas cuidarte.
Camila soltó un sollozo.
La abracé.
Y por primera vez en casi un mes mi hija no se apartó.
Se aferró a mí.
Lloró sobre mi hombro.
Y dejó salir todo el miedo que había estado guardando.
Mauricio se acercó.
Nos abrazó a las dos.
Durante mucho tiempo permanecimos así.
Tres personas llorando alrededor de una mesa demasiado pequeña.
Después Camila comenzó a contarnos todo.