EL MEJOR AMIGO DE MI ESPOSO LLEVABA A NUESTRA HIJA DE 16 AÑOS A SUS CLASES DE BALLET TRES VECES POR SEMANA. DE PRONTO, ELLA DEJÓ DE HABLARNOS, ESCONDIÓ SUS ZAPATILLAS Y COMENZÓ A LLORAR A PUERTA CERRADA. UN DÍA FUI A LA ACADEMIA SIN AVISAR Y DESCUBRÍ QUE MI HIJA NO ESTABA ALLÍ. CUANDO SU MAESTRA ME DIJO: «SEÑORA, ¿SU HIJA NO LE HA CONTADO LO QUE ESTÁ PASANDO?», SENTÍ QUE EL MUNDO SE ME VENÍA ENCIMA.

—Pero nuestra felicidad nunca dependió de que fueras bailarina.

Camila comenzó a llorar más fuerte.

—Mamá…

—Si mañana decides que quieres estudiar medicina, te vamos a apoyar. Si quieres pintar, enseñar, escribir o dedicarte a cualquier otra cosa, también.

Le acaricié el rostro.

—Y si no sabes todavía qué quieres hacer, no pasa nada.

Me acerqué un poco más.

—Lo único que necesitamos es que estés aquí. Que estés bien. Que nos permitas cuidarte.

Camila soltó un sollozo.

La abracé.

Y por primera vez en casi un mes mi hija no se apartó.

Se aferró a mí.

Lloró sobre mi hombro.

Y dejó salir todo el miedo que había estado guardando.

Mauricio se acercó.

Nos abrazó a las dos.

Durante mucho tiempo permanecimos así.

Tres personas llorando alrededor de una mesa demasiado pequeña.

Después Camila comenzó a contarnos todo.

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