Miedo.
Tristeza.
Confusión.
Y una culpa que comenzaba a crecer dentro de mí.
Mi hija no estaba escondiendo una relación secreta.
No estaba intentando alejarse de nosotros por alguna razón inexplicable.
Estaba asustada.
Y había estado enfrentando sola una noticia que ningún adolescente debería cargar sin el apoyo de sus padres.
Entonces pensé en Julián.
El hombre del que había sospechado durante toda la noche.
El hombre que llevaba semanas conduciendo a mi hija a consultas médicas.
El hombre que había estado allí cuando nosotros no respondimos el teléfono.
Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas.
—¿Dónde está Camila ahora?
Elena revisó su teléfono.
—Hoy tenía una cita de seguimiento. Creo que el señor Julián la llevó.
Me quedé inmóvil.
Otra consulta.
Otro día.
Otro secreto.
Salí de la academia con las manos temblando.