Hablar con su maestra.
Y comprender por qué había dejado de disfrutar aquello que antes amaba.
Llegué cuando las clases ya habían comenzado.
El edificio estaba iluminado.
Se escuchaba música detrás de las puertas.
Varias alumnas caminaban por los pasillos con sus bolsas de danza.
Me acerqué al salón donde Camila debía estar practicando.
Miré a través del vidrio.
Había una fila de muchachas sujetas de la barra.
La maestra caminaba frente a ellas.
Corrigiendo posiciones.
Indicando movimientos.
Observé cada rostro.
Una vez.
Dos veces.
Tres veces.
Camila no estaba.
Sentí un escalofrío.
Volví a mirar.
Quizá estaba detrás de otra alumna.
Quizá había salido al baño.
Quizá se encontraba en otro salón.
Pero no.
Mi hija no estaba allí.
Busqué a una empleada.
Le pregunté por la maestra de Camila.
Minutos después apareció una mujer de unos cincuenta años.