—No puede ser —susurré.
El señor Bennett no dijo nada.
Miré la llave dorada que descansaba en mi regazo.
En el reverso había una pequeña etiqueta con una dirección escrita a mano.
Una dirección que reconocí inmediatamente.
Era la dirección de nuestro antiguo banco.
Y debajo aparecían cuatro palabras.
«Caja de seguridad 214».
En aquel instante comprendí que Walter no había terminado de hablar conmigo.
Solo acababa de empezar.
## Parte 3: La caja que llevaba treinta y siete años esperando
Al día siguiente, apenas amaneció, me vestí con uno de mis mejores conjuntos y pedí un taxi.
No le dije a mis hijos adónde iba.
No porque desconfiara de ellos, sino porque Walter me había pedido que leyera la carta antes de hablar con nadie. Y, por primera vez en sesenta y nueve años, sentía que necesitaba seguir sus instrucciones sin hacer preguntas.