Podría haber pasado el resto de mis días preguntándome qué otras cosas ignoraba.
Pero elegí algo diferente.
Elegí recordar que la vida de una persona es mucho más que su peor decisión.
Walter había cometido errores.
Yo también.
Nos habíamos amado, habíamos criado una familia y habíamos construido una vida imperfecta, como todas las vidas verdaderas.
Y, al final, su testamento no fue el documento que definió nuestro matrimonio.
Lo definieron las décadas que habíamos compartido, las veces que nos habíamos ayudado a levantarnos y los pequeños gestos que nadie más había visto.
Durante sesenta y nueve años pensé que mi mayor herencia sería todo lo que Walter y yo habíamos construido juntos.
Después de su muerte, descubrí que también tenía derecho a algo que él había olvidado darme durante demasiado tiempo: la oportunidad de conocer la verdad y decidir por mí misma.