Tres días después, Beatrice apareció en mi casa.
Llevaba un pastel de manzana y una expresión de preocupación tan cuidadosamente ensayada que, en otras circunstancias, quizá me habría parecido sincera.
—Eleanor, querida —dijo mientras me abrazaba—. He estado pensando mucho en ti. Debe de ser terrible quedarse sola después de tantos años.
La dejé entrar.
Preparé café y puse el pastel sobre la mesa.
Durante unos minutos hablamos de cosas insignificantes: el tiempo, los vecinos, el funeral y los nietos.
Entonces Beatrice dejó la taza.
—He estado hablando con el abogado sobre la cabaña.
Sentí que mis dedos se tensaban alrededor del asa.
—¿Ah, sí?
—Sí. Hay algunos documentos antiguos que debemos aclarar. Walter siempre fue muy complicado con los asuntos de la propiedad.
La miré.
—¿Qué documentos?
Sonrió, pero sus ojos no acompañaron la sonrisa.
—Nada que deba preocuparte. Solo formalidades. Quería saber si habías encontrado algo entre sus papeles que pudiera ser útil.