Las luces rojas y azules iluminaron las paredes de ladrillo.
—Ya hablaremos de eso —dijo Roman—. Te lo prometo.
Los paramédicos se hicieron cargo de Ethan. Le colocaron un collarín, comprobaron sus constantes y lo trasladaron cuidadosamente a una camilla.
Cuando cerraron las puertas de la ambulancia, Roman miró a Harper.
—Ven con nosotros.
—No puedo. Tengo que volver al restaurante.
Él la observó como si no hubiera entendido la respuesta.
—Mi hijo acaba de decirme que su tío lo ha atacado. Tú lo encontraste y le salvaste la vida. Quiero que estés allí cuando despierte.
Harper miró su teléfono.
Tenía tres llamadas perdidas de su supervisora y un mensaje que decía que, si no regresaba en diez minutos, podía olvidarse de su próximo turno.
Pensó en los cuarenta y siete dólares de propinas. En el alquiler. En los medicamentos de su madre.