—Papá…
—No hables. No tienes que decir nada. Voy a sacarte de aquí.
Entonces vio la sangre en la nieve.
Su rostro cambió.
No gritó. No golpeó la pared. No amenazó a nadie.
Simplemente levantó la mirada hacia sus hombres.
—¿Dónde está la ambulancia?
—A dos minutos, señor —respondió uno de ellos.
Roman volvió a mirar a Harper.
—¿Qué ha pasado?
—Lo encontré detrás del restaurante. Estaba consciente cuando llegué. No podía levantarse y tenía dificultades para respirar. Llamé a emergencias.
Roman miró el abrigo que cubría a su hijo.
Después observó las manos de Harper, rojas por el frío.
—¿Le has dado tu abrigo?
—No iba a dejarlo aquí congelándose.
Él asintió lentamente.
—Gracias.
La palabra sonó extraña en su boca, como si llevara años sin pronunciarla de verdad.
Entonces Ethan empezó a temblar.
—Papá, tienes que escucharme…