—Mamá, hoy tú no te quedas en la puerta; este título tiene mi nombre, pero el honor y la graduación son tuyos, así que ven a recibirlo a tu lugar.
Antes de que yo pudiera decir una sola palabra, mi muchacho se quitó el birrete de la cabeza y me lo puso a mí, justo encima de mi chongo despeinado por el trajín del turno. Luego se desabrochó la toga negra y la colocó sobre mis hombros, cubriendo mi filipina azul de intendencia, y sacó de su cuello la medalla de oro a la excelencia académica para colgármela en el pecho.
—Tú limpiaste el piso de esa clínica durante años para que yo pudiera pisar firme hoy —me dijo mirándome a los ojos—. Y si en la primera fila no hay una silla para la mujer que pagó cada centavo de mi carrera con el sudor de su frente, entonces yo tampoco quiero estar allá arriba.