Lo había enviado Margaret Mitchell.
Mi madre.
En el correo, expresaba dudas sobre mi capacidad para asumir nuevas responsabilidades y mencionaba supuestas dificultades personales.
Me quedé sin palabras.
Rebecca me tranquilizó.
—No hemos tomado esas afirmaciones como hechos comprobados. Tu expediente profesional es sólido, pero cualquier comentario debe ser revisado con seriedad.
Aun así, no podía apartar la mirada de la página.
Mi madre había intentado influir en una decisión que afectaba directamente a mi futuro.
Y unas horas antes me había propuesto que nos tomáramos una foto familiar.
—¿Cuándo enviaron este mensaje? —pregunté.
—Hace once días.
Once días.
Margaret sabía de esa posibilidad antes incluso de que me informaran a mí.
Todavía intentaba asimilarlo cuando alguien llamó a la puerta.
Un oficial anunció que Derek quería hablar conmigo con urgencia.
—Dice que encontró una antigua carta que su madre habría guardado durante casi ocho años.