—¿Por qué me dice esto?
Pensé en Linda.
En su sonrisa.
En la taza que todavía usaba cada mañana.
En todas las veces que me había dicho que, cuando fuera mayor, quería trabajar con animales abandonados.
—Porque mi hija no puede hablarte ahora. Pero yo sí puedo decirte que su vida valía muchísimo más que el peor error que cometiste.
Marcus se cubrió la cara.
—No puedo vivir con lo que hice.
—Vas a tener que aprender a vivir con ello. No para olvidarlo. No para excusarte. Para asegurarte de que nunca vuelvas a hacer algo parecido.
Entonces se derrumbó.
Empezó a llorar como un niño, con los hombros sacudiéndose y la respiración entrecortada.
Y yo lo abracé.
No porque fuera inocente.
No porque hubiera dejado de estar furioso con él.
No porque quisiera que el tribunal lo absolviera.
Lo abracé porque el odio no iba a devolverme a mi hija.