Unas semanas después, recibí copias de documentos antiguos.
Entre ellos había una notificación dirigida a Daniel, una respuesta administrativa y una carta cuyo contenido no guardaba relación directa con nuestro divorcio.
Ninguna prueba demostraba que su familia hubiera organizado un engaño.
Ninguna prueba me convertía en responsable de las decisiones de Daniel.
Y ninguna prueba podía devolvernos los años perdidos.
Sin embargo, la revisión dejó una lección importante para todos nosotros: no bastaba con repetir la versión más conveniente de una historia. Había que examinar los hechos, reconocer lo que no se sabía y asumir las consecuencias de lo que sí estaba demostrado.
Daniel me llamó esa noche.
—He leído los documentos.
—Yo también.
—No sé si alguna vez sabremos exactamente qué ocurrió con todas aquellas comunicaciones.
—Puede que no.
—Pero sé algo.
Esperé.