Durante meses mantuve cierta distancia de Daniel y Laura. Fui a terapia, continué con mis estudios y aprendí a tomar decisiones sin sentir que debía proteger los sentimientos de los demás.
También conocí a Ana a través de sus cartas.
Descubrí que le gustaba la música antigua, que quería viajar a Italia y que soñaba con abrir una pequeña librería.
Con parte de mi herencia, decidí crear una beca para jóvenes que hubieran perdido a uno de sus padres y necesitaran apoyo para continuar estudiando.
La llamé Beca Ana.
El día que firmé los documentos, llevé una fotografía de ella conmigo.
Por primera vez, no sentí que estuviera mirando a una desconocida.
Sentí que estaba conociendo a mi madre.
Un año después, volví a la casa abandonada.
Esta vez fui sola, durante el día, con permiso del abogado que administraba la propiedad.