Pero yo ya había abierto la puerta de la habitación.
Bajé las escaleras y salí al porche.
Laura me vio y se quedó inmóvil.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Cariño…
—No me llames así.
La palabra salió con tanta dureza que ella retrocedió.
—¿Sabes quién era Ana? —pregunté.
Laura se llevó una mano a la boca.
No necesitaba responder.
Lo sabía.
—¿Sabías que era mi madre?
Empezó a llorar.
—Sí.
Sentí que algo se rompía dentro de mí.
—¿Desde cuándo?
—Desde el día en que naciste.
—¿Y el fideicomiso? ¿También sabías que existía?
Laura cerró los ojos.
—Sí.
—¿Sacaste dinero de mi cuenta?
No respondió.
—¡Contéstame!
—Sí —susurró finalmente—. Pero no para mí.
La miré sin comprender.
—¿Entonces para quién?
Laura me miró a los ojos.
—Para mantener a tu abuelo alejado de ti.