Cuando finalmente se durmió, pregunté:
«¿Qué dijo?»
Ella vaciló.
«Que alguien lo llamaba.»
«¿Quién?»
Elena miró a Mateo.
«Su madre.»
Sentí que el aire desaparecía de la habitación.
Mateo no pronunciaba el nombre de Isabel desde el funeral.
A la mañana siguiente, mientras desayunábamos en el invernadero, habló otra vez.
«Rojo.»
«¿Qué era rojo?»
Señaló hacia el ala antigua.
«Pasillo.»
Yo conocía aquel lugar.
Isabel había elegido personalmente la seda color vino que cubría sus paredes. Al final estaba la vieja biblioteca.
Mateo tragó saliva.
«Mamá.»
Elena me impidió bombardearlo con preguntas.
«No lo interrogue como a uno de sus hombres.»
Por alguna razón, la obedecí.
Mateo dibujó un rectángulo en el aire.
Una puerta.
Después susurró:
«Teléfono.»
El teléfono de Isabel jamás había aparecido después del atentado.
Antes de que pudiera preguntar más, escuchamos 3 golpes procedentes del corredor.