Pero había una cosa que sí sabía.
No volvería con él.
El día de mi alta, una enfermera me ayudó a colocarme una chaqueta sobre los hombros. Caminaba con dificultad y necesitaba apoyo, pero insistí en vestirme por mí misma.
Cuando terminé, me miré en el espejo.
Tenía el rostro más delgado, ojeras profundas y una pequeña cicatriz junto al labio.
No reconocí inmediatamente a la mujer que me devolvía la mirada.
Entonces recordé las palabras que había pronunciado en aquella cama:
Escríbalo.
Había exigido que alguien dejara constancia de la verdad cuando mi marido intentaba borrarla.
Ahora me tocaba a mí seguir defendiéndola.
La trabajadora social me esperaba junto a la salida, acompañada por una persona encargada de mi traslado seguro.
Antes de cruzar la puerta, me detuve.
—¿Y si viene a buscarme?
—No tendrás que enfrentarte a él sola —respondió—. Y si aparece o te amenaza, pediremos ayuda a las autoridades.