Sin embargo, existían las radiografías, los informes médicos, las lesiones documentadas y mi declaración.
También había personal del hospital que había escuchado sus amenazas y presenciado su negativa a respetar mis decisiones.
Su versión empezó a resquebrajarse.
Una mañana, la trabajadora social entró en mi habitación con una carpeta.
—Hay algo que necesitas saber —me dijo—. Tu marido ha intentado ponerse en contacto con el hospital para conseguir información sobre tu alta y tu destino.
Se me heló la sangre.
—¿Se lo han dicho?
—No. Hemos seguido los procedimientos de confidencialidad y seguridad correspondientes. Estamos coordinando tu salida con un recurso protegido.
Me explicó que podría trasladarme a un lugar seguro, recibir ayuda legal y continuar mi tratamiento.
Aquella noche dormí poco.
No sabía qué aspecto tendría mi vida fuera del hospital. No sabía si volvería a sentirme segura en una habitación cerrada. Ni siquiera sabía si sería capaz de mirarme al espejo sin recordar lo ocurrido.