—¿Y si no se marcha?
—Entonces nos ocuparemos de ello. Tú no tienes que enfrentarte a él.
Me cubrí la cara con las manos y lloré.
No lloraba solamente por el bebé que había perdido.
Lloraba por la mujer que había sido antes de conocerlo. Por las veces que había escondido los moretones bajo las mangas. Por todas las noches en las que había permanecido despierta, intentando adivinar qué podía hacer al día siguiente para evitar que él se enfadara.
Y lloraba porque, en algún rincón de mi corazón, todavía me culpaba.
La trabajadora social regresó cuando me tranquilicé.
—Quiero que sepas algo —me dijo—. Nada de lo que has contado justifica lo que te hizo. Y perder a tu bebé no es culpa tuya.
Apreté los labios.
Durante meses, mi marido me había repetido que mi obligación era darle un hijo varón. Me había convencido de que mi valor dependía de ello. Cuando los médicos anunciaron que sería una niña, su rostro cambió de una forma que nunca olvidaré.