Ella no intentó convencerme de que estaba exagerando.
No me preguntó por qué me había quedado con él.
No me preguntó por qué no había pedido ayuda antes.
Simplemente asintió y anotó mis palabras.
—Entonces no vamos a organizar tu salida como si estuvieras regresando a casa. Vamos a organizarla para que estés a salvo.
Aquella frase se me quedó grabada.
Para que estés a salvo.
Hacía tanto tiempo que nadie pensaba en mi seguridad que casi había olvidado que también tenía derecho a ella.
Al día siguiente, desperté sobresaltada al escuchar voces en el pasillo.
Reconocí la suya inmediatamente.
—¡Soy su marido! ¡Tengo derecho a verla!
Mi corazón comenzó a latir tan deprisa que la máquina junto a mi cama empezó a pitar.
Una enfermera entró enseguida y me tomó suavemente de la mano.
—Está en la entrada —me explicó—. No puede pasar. El personal de seguridad ya está informado.