Él intentó coger mis llaves, y entonces el doctor finalmente puso fin a la situación.

La psicóloga sonrió suavemente.

Yo también.

Era la primera vez que podía hablar de mi pasado sin sentir que tenía que disculparme por haber sobrevivido a él.

Un año después de aquella noche en el hospital, regresé para una revisión médica.

Caminaba despacio, todavía con algunas molestias, pero ya no necesitaba ayuda para mantenerme en pie.

Al salir de la consulta, pasé frente a la habitación donde había despertado después de perder a mi bebé.

La puerta estaba abierta.

Me detuve unos segundos.

Recordé las luces fluorescentes, la manta fina, el miedo que me impedía respirar y la voz de mi marido reclamándome como si yo fuera una propiedad que había ido a recoger.

También recordé a la enfermera preguntándome si quería que lo dejaran entrar.

Y mi respuesta.

No.

Una sola palabra que había cambiado el rumbo de mi vida.

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