Porque había aprendido que a veces los adultos tenemos demasiada prisa por convertir una historia dolorosa en una lección bonita.
Queremos un final donde todo se arregle.
Donde el inocente recupere lo perdido.
Donde los responsables pidan perdón.
Donde la persona valiente reciba aplausos.
Pero la vida no siempre funciona así.
Emiliano sigue trabajando.
Está construyendo su futuro a su manera.
A veces visita nuestra casa.
Él y Renata siguen siendo amigos.
Ximena también mantiene contacto con ellos.
Y la escuela ha tenido que revisar procedimientos que durante años nadie cuestionó.
Pero nada de eso cambia el hecho de que un muchacho fue expulsado injustamente cuando tenía quince años.
Ni que dos adolescentes intentaron decir la verdad y nadie las escuchó.
Ni que yo, su madre, fui una de las personas que le enseñó a Renata que era mejor no involucrarse.
Ésa es la parte que más me duele.