De sonrisa discreta.
Hablaba poco al principio.
Pero cuando comenzó a sentirse cómodo descubrí que tenía un sentido del humor extraordinario.
Nos hizo reír varias veces durante la comida.
Después ayudó a recoger los platos sin que nadie se lo pidiera.
Mientras lavábamos los vasos, le dije:
—Emiliano, quisiera pedirte perdón.
Él dejó un plato sobre la mesa.
—¿Por qué?
—Porque hace tres años mi hija quiso entregar una declaración para defenderte y yo intenté detenerla.
Me miró.
—Renata me contó.
Sentí que el pecho se me apretaba.
—Yo pensé que estaba protegiéndola.
Emiliano secó sus manos.
—Entiendo.
—Pero no fue justo contigo.
Permaneció callado.
Después dijo:
—Señora Patricia, usted no fue quien me expulsó.
—Lo sé.
—Pero sí había mucha gente que pudo haber preguntado qué pasó.
No pude mirarlo a los ojos.
—Tiene razón.
Emiliano se encogió de hombros.