MI HIJA LLEVÓ UNA FIGURA DE CARTÓN DE TAMAÑO REAL A SU GRADUACIÓN Y MÁS DE DOSCIENTAS PERSONAS SE BURLARON DE ELLA.

Emiliano nunca regresó a una preparatoria regular.

Pasó varios meses en un programa educativo alternativo.

Después cambiaron sus condiciones de acogida y tuvo que mudarse.

Perdió contacto con casi todos sus compañeros.

Durante un tiempo dejó de estudiar.

Más adelante intentó terminar algunas materias por su cuenta.

Pero las oportunidades que había tenido a los quince años ya no estaban allí.

Ahora tenía veinte.

Trabajaba en un taller de llantas.

Vivía en un pequeño departamento rentado.

Y había aprendido a no esperar demasiado de las instituciones que supuestamente debían protegerlo.

—¿Por qué lo buscaste? —pregunté.

Renata apretó los labios.

—Porque sabía que no había sido justo.

—Pero han pasado tres años.

—Precisamente.

La miré.

—¿Y qué te dijo?

Mi hija respiró profundamente.

—Al principio no quiso hablar conmigo.

Me contó que había encontrado a la señora Ofelia, la mujer que había cuidado a Emiliano.

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