Y esa fue mi respuesta final.
No las humillé. No destruí sus pertenencias. No utilicé mi dinero para vengarme.
Simplemente mantuve la puerta cerrada hasta que estuvieron dispuestas a aceptar que mi casa era mía.
Porque perdonar no significa entregar las llaves.
Y querer a una familia no significa permitir que vuelva a hacerte daño.
FIN.