No tenía herramientas adecuadas, así que pedí prestado un destornillador y pasé dos tardes reparándolo detrás del cobertizo. Limpié la madera, reforcé las uniones y encontré una manera de disimular las marcas sin borrar su historia.
Cuando terminé, el armario parecía otro.
Una mujer que tenía un puesto de antigüedades se detuvo a observarlo.
—¿Lo has restaurado tú?
Asentí.
—¿Cuánto quieres por él?
Le dije una cantidad que me pareció razonable.
Ella me pagó sin regatear.
Aquellos billetes no resolvieron mi vida, pero me dieron una idea.
Podía comprar muebles desechados, repararlos y venderlos por más de lo que me habían costado.
Durante los meses siguientes trabajé limpiando oficinas por la mañana y restaurando muebles por la tarde. Dormía donde podía y guardaba mis herramientas en una taquilla alquilada.
A veces estaba tan cansada que me quedaba dormida sentada en el autobús.