El viento movió las flores.
Me quedé allí durante varios minutos, recordando su risa y la emoción con la que había caminado hacia el pequeño altar de aquella habitación.
Antes de marcharme, dejé la fotografía junto a las flores y murmuré:
—Gracias por elegirme para formar parte de tu historia.
Después regresé al hospicio.
Aquella tarde había una nueva paciente esperando compañía.
Tenía setenta y seis años, no recibía visitas y llevaba varios días respondiendo que no necesitaba nada.
Entré en su habitación, acerqué una silla a su cama y me presenté.
—Hola. Me llamo Daniel. ¿Cómo se encuentra hoy?
La mujer se encogió de hombros.
—Como alguien que está esperando el final.
No intenté contradecirla.
No le dije que todo iba a mejorar.