Retiré la mano suavemente.
—No puedes pedirme que no te odie, Robert. No puedes decidir cómo debo sentirme.
Él asintió, llorando en silencio.
—Tienes razón.
Permanecimos dentro del coche durante varios minutos.
Finalmente, abrí la puerta.
—Vamos a conocer a tu hija.
Robert me miró sorprendido.
—¿Estás segura?
—No —respondí—. Pero quiero escucharla. Y quiero que, a partir de ahora, me digas la verdad. Toda la verdad. Aunque duela.
Entramos juntos.
En el vestíbulo, una mujer de cabello castaño se puso de pie al vernos. Tenía los ojos de Robert, la misma forma de sonreír y una pequeña arruga entre las cejas que yo conocía demasiado bien.
A su lado estaba Susan.
Mi hija se acercó corriendo.
—Mamá…
La abracé, aunque todavía estaba dolida porque también me había ocultado parte de la verdad.
Después miré a Linda.