Me abofeteó por su madre y luego se enteró de que yo era el dueño de la mansión.

Me hablaba de sus sueños.

De construir una familia.

De comprar una casa donde sus padres pudieran visitarnos.

De convertirse en un hombre del que sus hijos se sintieran orgullosos.

Nunca me pidió dinero directamente.

No al principio.

Pero, después de casarnos, las cosas comenzaron a cambiar.

Primero fueron pequeñas cantidades para ayudar a Evelyn con sus gastos.

Después, un coche nuevo porque el suyo «ya no era digno de una mujer de su posición».

Luego llegaron los viajes, los tratamientos de belleza, los bolsos de lujo y las cenas en restaurantes donde Evelyn se fotografiaba con personas a las que apenas conocía.

Finalmente, Daniel me pidió que le enviara diez mil dólares al mes.

—Solo hasta que mi empresa crezca —me aseguró.

Acepté.

La empresa creció.

Los diez mil dólares continuaron saliendo.

Y Evelyn empezó a tratarme como si aquella generosidad fuera una obligación.

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