«Ella necesita saber que su hijo puede mantenerla», me había dicho.
Yo acepté porque lo amaba.
Ese fue mi primer error.
Mi segundo error fue creer que la generosidad podía ganarse el respeto de una familia que ya había decidido que yo no era suficientemente buena para ellos.
—La transferencia está cancelada —respondí.
Hubo un silencio.
—¿Cómo que cancelada?
—Exactamente como suena.
—¡No puedes hacer eso! ¡Es dinero de mi familia!
Apreté el volante.
—Entonces dime, Daniel, ¿en qué cuenta aparece tu nombre como propietario de ese dinero?
No contestó.
—¿Y en qué documento aparece tu nombre como propietario de la mansión?
—¡Esta es mi casa!
Su voz retumbó por el altavoz.
Por primera vez en tres años, no sentí miedo cuando gritó.
Sentí lástima.
—No, Daniel. Es la casa en la que vives.
—¡Estás loca!
—Y tú acabas de golpearme en una propiedad que legalmente me pertenece.