PARTE 2 — LA ÚLTIMA VOLUNTAD

—¿Está seguro de que fue él? —pregunté.

Samuel negó lentamente.

—Todavía debemos verificar quién autorizó cada operación. No quiero acusar a nadie sin pruebas.

Asentí.

Había aprendido durante mis años de servicio que las sospechas no podían reemplazar a los hechos.

—Entonces investiguemos.

Samuel me observó con respeto.

—Su abuelo estaría orgulloso de usted.

Aquellas palabras me hicieron llorar nuevamente.

Pero cuando llegué a mi automóvil, encontré a mi madre esperándome.

Estaba sola.

Su collar de perlas parecía demasiado grande sobre su cuello delgado.

—Evelyn…

Me detuve.

—Mamá.

Ella miró mi uniforme.

Después bajó la mirada hacia mi pierna.

—¿De verdad resultaste tan gravemente herida?

Asentí.

—Sí.

Sus labios comenzaron a temblar.

—¿Y nadie estuvo contigo?

Pensé en Lewis.

En mis compañeros.

En los médicos que me enseñaron a caminar nuevamente.

—No estuve sola.

Mi madre comenzó a llorar.

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