Daniel dudó.
—¿Estarás bien?
Le acaricié la mejilla.
—Perfectamente.
Cuando se alejaron, Michael se acercó.
—No sabía que habían logrado tantas cosas.
Sentí una tristeza profunda.
—Michael, tampoco sabías que Nathan estuvo hospitalizado cuando tenía nueve años. Ni que Daniel ganó su primera competencia de matemáticas a los once. Ni que ambos aprendieron a tocar el piano.
Bajó la mirada.
—Sé que cometí errores.
—No fueron errores aislados. Fueron trece años de decisiones.
Respiró profundamente.
—Quiero compensarlos.
Lo observé durante unos segundos.
—No puedes comprar trece años de cumpleaños perdidos.
—Puedo pagar sus estudios.
Solté una pequeña carcajada amarga.
—Ahora que sabes que son brillantes, ¿quieres financiar su futuro?
—Laura, no es eso.
—Cuando Nathan necesitó una operación dental, trabajé tres meses sin descansar. Cuando Daniel quiso asistir a un campamento científico, vendí las últimas joyas que me dejó mi abuela.