Michael cerró los ojos.
Rebecca comenzó a temblar.
El doctor amplió el documento.
Al final aparecía una cantidad.
Doscientos cincuenta mil dólares.
Y debajo, una firma.
La firma de Michael.
Lo miré lentamente.
—¿Te pagaron para desaparecer de la vida de nuestros hijos?
Michael no respondió.
—¡Contéstame!
Su voz salió apenas como un susurro.
—Laura, no fue exactamente así.
Sentí que algo dentro de mí se rompía.
—Entonces explícame cómo fue.
Michael miró a Rebecca.
Después bajó la cabeza.
—Su padre me ofreció dinero para que empezara una nueva vida con ella.
El silencio fue absoluto.
—¿Y aceptaste? —pregunté.
Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas.
—Sí.
Me quedé completamente inmóvil.
Durante trece años había intentado comprender cómo un hombre podía abandonar a sus propios hijos sin mirar atrás.
Había imaginado mil explicaciones.
Miedo.