No sentí que tuviera la obligación de volver.
Tampoco sentí que debía negarme para demostrar que era fuerte.
Simplemente necesitaba pensar.
Durante varios días hablé con mi terapeuta y con Rachel.
Rachel no me dijo qué debía hacer.
—Puedes querer a alguien y aun así necesitar distancia —me recordó—. Y puedes decidir hablar con alguien sin prometerle que todo volverá a ser como antes.
Finalmente, acepté una videollamada con mi madre.
Cuando apareció en la pantalla, parecía más pequeña.
Su cabello había encanecido y tenía ojeras.
Me miró durante varios segundos.
—Hola, Hannah.
—Hola, mamá.
No sabía si debía llamarla así.
Pero en aquel momento fue la palabra que me salió.
Teresa comenzó a llorar.
—No sé por dónde empezar.
—Empieza por lo que quieras decirme.
Se secó las lágrimas.
—Durante mucho tiempo me convencí de que habíamos tomado una decisión difícil en una situación imposible. Me decía que tu padre había hecho lo que consideraba mejor y que yo no tenía otra opción.