Después de cenar, salimos a caminar.
La noche era fresca y las calles estaban tranquilas.
—¿Te arrepientes de haberlos invitado? —preguntó Rachel.
Lo pensé.
—No.
—¿Por qué?
Miré las luces de los edificios.
—Porque antes habría hecho cualquier cosa para que me reconocieran. Habría cambiado mi discurso, habría fingido que todo estaba bien y quizá habría dejado que se llevaran parte de este día.
Rachel escuchaba en silencio.
—Pero hoy pude decirles la verdad sin pedirles que me dieran permiso. No sé qué ocurrirá entre nosotros en el futuro. Y no sé si mi madre algún día comprenderá lo que hizo.
Me detuve.
—Pero ya no necesito que lo comprenda para saber que lo que me pasó estuvo mal.
Rachel me abrazó.
—Eso es crecer, Hannah.
Negué con la cabeza.
—Creo que es dejar de esperar que alguien más me dé permiso para vivir.