Mi victoria no fue verlo condenado.
Mi victoria fue dejar de vivir como si su opinión fuera la verdad absoluta.
EPÍLOGO: LA VERDAD NO NECESITA PERMISO
Dos años después, recibí una carta de mi padre desde la prisión.
La reconocí por su letra antes de abrir el sobre.
Durante varios minutos, permanecí sentada en el sofá, preguntándome si debía leerla.
Martina me había dicho que no tenía ninguna obligación de responder a una persona que me había hecho daño.
Mi terapeuta me había recordado que podía elegir cuándo, cómo y si quería mantener algún contacto.
Finalmente, abrí la carta.
Era breve.
Mi padre escribía que había perdido su empresa, que muchas personas le habían dado la espalda y que nunca imaginó que su propia hija pudiera testificar contra él.