Se le quebró la voz.
—Y cuando tú necesitabas que te protegiera, te traté como si fueras la enemiga.
Miré mis manos.
—No sé si podré volver a confiar en ti.
—Lo entiendo.
—No basta con que ahora sepas que yo tenía razón. Necesito saber que, si algún día vuelve a pasar algo difícil, no vas a sacrificarme para mantener las apariencias.
Teresa asintió lentamente.
—No puedo cambiar lo que hice. Pero puedo dejar de justificarlo.
Hubo un largo silencio.
Después sacó algo de su bolso.
Era una fotografía antigua.
Yo aparecía sentada en el suelo de la cocina, con unos ocho años. Mi madre estaba detrás de mí, peinándome el cabello.
Durante años había conservado aquella imagen porque me recordaba los momentos en que me sentía protegida.
Teresa me la ofreció.
—No te la doy para que olvides lo que pasó. Te la doy porque también eres esa niña. Y yo fallé cuando más necesitabas que fuera tu madre.