Y ahora la policía me estaba diciendo que ambos parecían más preocupados por una grabación que por mi recuperación.
—Quiero recordar —susurré—. Necesito saber qué pasó aquella noche.
El detective acercó una silla a mi cama.
—Vamos despacio, Valeria. No tienes que resolverlo todo hoy.
Pero yo ya no podía esperar.
Porque, aunque mi memoria estaba llena de agujeros, había una imagen que no dejaba de repetirse en mi cabeza.
El rostro de mi padre.
Su mano levantada.
Y una frase que había pronunciado justo antes de que todo se volviera negro.
«Si le enseñas esto a tu madre, vas a destruir a esta familia».
No sabía si había escuchado esas palabras antes del ataque o si mi mente estaba reconstruyendo recuerdos confusos.
Pero sabía una cosa.
Tenía miedo de mi propio padre.
Y eso significaba que, incluso antes de aquella noche, una parte de mí ya sabía que estaba en peligro.