PARTE 2 — EL REGALO QUE LO DESTRUYÓ

—No, Daniel. Durante trece años te entregué mi confianza, mi juventud y mi lealtad. Tú decidiste que eso no valía nada.

Mi voz resonó por todo el salón.

—Pero jamás volverás a convencerme de que soy una mujer que nadie puede amar.

Michael tomó mi mano.

Y entonces sucedió algo inesperado.

Nuestra hija mayor, Sophie, apareció junto a la mesa.

Tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Papá, ¿por qué siempre haces llorar a mamá?

Daniel abrió la boca, pero no encontró respuesta.

Sophie continuó:

—Mamá nunca habla mal de ti. Siempre nos dice que debemos respetarte. ¿Por qué tú no puedes respetarla?

Aquellas palabras fueron más devastadoras que cualquier documento.

Daniel bajó la mirada.

Por primera vez, parecía avergonzado.

Tomé a Sophie entre mis brazos mientras Michael se acercaba a nuestra hija pequeña.

—Vámonos, mamá —susurró Sophie—. Ya no quiero quedarme aquí.

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